Por: Pablo Emilio Obando A.
Debo hacer un auto de fe y con ello tratar de excomulgar pecados históricos, literarios, sociológicos y psicologicos. Expresar así que hay libros que se leen y otros que estremecen. También que existen unos pocos que obligan al lector a revisar las certezas con las que ha convivido durante toda la vida. «El realismo pastuso y su aversión a Simón Bolívar», del historiador y catedrático Eduardo Zúñiga Erazo, pertenece sin duda a esta última categoría.
Confieso que hacía mucho tiempo no encontraba una obra de semejante densidad intelectual. Su riqueza no radica únicamente en la investigación histórica, admirable por su rigor documental, sino en la manera como entrelaza la historia con la psicología colectiva, la sociología, la política, la religión y la literatura para responder una de las preguntas más incómodas de nuestra identidad: ¿por qué Pasto fue diferente al resto de Hispanoamérica durante la Independencia?
La respuesta que propone el autor está muy lejos de los lugares comunes. No reduce el realismo pastuso a un simple fanatismo político ni convierte a los patriotas en héroes perfectos y a los realistas en villanos absolutos. Por el contrario, reconstruye un complejo entramado social donde el aislamiento geográfico, la pobreza de las comunicaciones, la ausencia de circulación de las ideas ilustradas, la enorme influencia de la Iglesia Católica y el profundo apego a la monarquía española terminaron moldeando una mentalidad colectiva profundamente conservadora.
El primer capítulo constituye una verdadera radiografía de la sociedad colonial pastusa. Allí aparecen la conquista, la encomienda, la situación dramática de los pueblos indígenas, la estructura de castas, las disputas entre los distintos sectores sociales y el abandono histórico al que fue sometida esta región por el poder central. Se comprende entonces que el aislamiento no era únicamente una condición geográfica; era también una condición cultural. Mientras en otras regiones comenzaban a circular las ideas de la Ilustración, los derechos del hombre y la soberanía popular, Pasto permanecía prácticamente encerrado entre sus montañas, recibiendo muy débilmente aquellos vientos de renovación política que agitaban al mundo.
El segundo capítulo es, quizás, uno de los más reveladores del libro. Allí se explica cómo la Independencia de los Estados Unidos, la Revolución Francesa, el pensamiento ilustrado y la presencia de Alejandro von Humboldt fueron sembrando las semillas de la emancipación en América. Se analiza el papel de los criollos, relegados por la administración española a una condición de ciudadanos de segunda categoría; el peso del monopolio comercial; el contrabando; la agricultura; la estructura económica colonial y la crisis generada por la invasión napoleónica a España. Todo ello permite comprender que la independencia no nació únicamente del heroísmo militar, sino de profundas transformaciones intelectuales y económicas.
Uno de los capítulos más fascinantes es el dedicado al uso político de la religión. Eduardo Zúñiga demuestra con extraordinaria solvencia cómo la fe dejó de ser exclusivamente un asunto espiritual para convertirse en un poderoso instrumento de movilización política. El clero se dividió; algunos sacerdotes abrazaron la causa independentista mientras otros defendieron con fervor la fidelidad al rey. Se examinan las relaciones entre Bolívar, Santander, Antonio Nariño y la Iglesia Católica, desmontando simplificaciones que durante décadas alimentaron una visión maniquea del proceso emancipador.
Cuando el autor aborda la defensa que hizo Pasto de la monarquía española, evita caer en la tentación del insulto fácil. Comprende que detrás del realismo existía una estructura mental construida durante siglos. El rey no era solamente un gobernante distante; representaba el orden, la legitimidad, la estabilidad y, sobre todo, la defensa de la religión. Para miles de habitantes, la revolución aparecía como una amenaza al mundo conocido. Esa explicación histórica resulta mucho más valiosa que cualquier descalificación simplista.
La obra dedica igualmente un amplio espacio a reconstruir la formación intelectual de Simón Bolívar. Sus viajes por Europa, la influencia de la Ilustración, las campañas militares, la Carta de Jamaica, el Congreso de Angostura, Boyacá, Carabobo y todo el proceso emancipador aparecen integrados dentro de una visión amplia del proyecto bolivariano. Bolívar deja de ser únicamente el guerrero para convertirse en el pensador político que soñó una América unida.
Especial interés despiertan los capítulos dedicados a las campañas militares desarrolladas en el sur. Allí desfilan las acciones de Funes, Juanambú, Tacines, Bomboná, la llegada de Morillo, las repercusiones de Boyacá, la consolidación de la independencia del actual Ecuador y las complejas relaciones entre Bolívar y Pasto. Lejos de alimentar leyendas, el autor procura apoyarse siempre en los documentos y en el contexto histórico.
Las páginas dedicadas a Benito Boves y, especialmente, a Agustín Agualongo constituyen uno de los mayores aciertos del libro. Agualongo aparece como un personaje profundamente humano, valeroso, convencido de sus ideales y dispuesto a morir por ellos. No es presentado como un simple caudillo realista ni como un héroe intocable, sino como el símbolo de una sociedad que defendía una visión del mundo que ya comenzaba a desaparecer. Su tragedia consiste precisamente en haber combatido con admirable valentía por una causa destinada históricamente a la derrota.
La llamada Navidad Negra, las últimas campañas militares y la resistencia realista adquieren aquí una dimensión mucho más compleja que la tradicional narrativa de vencedores y vencidos. El lector comprende que las guerras civiles y de independencia dejan heridas que pueden tardar generaciones enteras en cicatrizar.
Las páginas finales dedicadas a Bolívar conmueven profundamente. El Libertador aparece transitando desde la gloria hasta la soledad. Junín, Ayacucho, la creación de Bolivia, la conspiración septembrina, la disolución de la Gran Colombia y su amarga despedida de Bogotá revelan el drama de un hombre que terminó viendo fracturado el sueño político por el cual había sacrificado toda su existencia.
Pero quizá el mayor mérito de Eduardo Zúñiga Erazo reside en el último gran interrogante que plantea: Pasto ya no es la ciudad realista del siglo XIX. Esa afirmación obliga a revisar la identidad regional con nuevos ojos. Las sociedades cambian, evolucionan y transforman sus imaginarios. El pasado no puede seguir utilizándose como una condena perpetua ni como una excusa para justificar nuestros actuales rezagos.
La historia, cuando es rigurosa, no sirve para alimentar odios sino para comprender procesos. Y precisamente esa es la enorme virtud de este libro. Nos enseña que el realismo pastuso fue el resultado de circunstancias políticas, económicas, culturales y religiosas específicas; no una condición genética ni una fatalidad histórica.
Leer esta obra equivale a recorrer dos siglos de conflictos, contradicciones, esperanzas y derrotas. Es enfrentarse con una región que durante mucho tiempo vivió encerrada entre montañas físicas, pero también entre montañas ideológicas. Es descubrir que las ideas pueden transformar pueblos enteros y que el aislamiento intelectual suele ser tan peligroso como el aislamiento geográfico.
Eduardo Zúñiga Erazo nos entrega mucho más que un libro de historia. Nos ofrece un espejo. Un espejo incómodo, exigente y profundamente honesto, en el que los pastusos podemos mirarnos para entender de dónde venimos, por qué fuimos diferentes y, sobre todo, hacia dónde debemos dirigir nuestros esfuerzos si aspiramos a construir una sociedad abierta al conocimiento, al pensamiento crítico y a la libertad. Porque los pueblos que desconocen su historia terminan repitiéndola. Pero aquellos que se atreven a comprenderla encuentran, finalmente, el camino para transformarla.
Pero si existe un capítulo que, por sí solo, justificaría la lectura de esta obra, es el último: «Pasto ya no es la ciudad realista del siglo XIX». Allí Eduardo Zúñiga Erazo abandona por un momento la simple reconstrucción cronológica de los acontecimientos para adentrarse en un ejercicio de interpretación histórica, sociológica y psicológica de extraordinaria profundidad.
No se trata únicamente de demostrar que el tiempo transformó a Pasto. Lo verdaderamente importante es comprender cómo una sociedad que durante siglos permaneció aferrada a una concepción profundamente tradicionalista fue capaz de iniciar un proceso de apertura intelectual que modificó su manera de entender el mundo.
La creación del departamento de Nariño, el surgimiento de nuevas instituciones, el liderazgo de hombres visionarios como Julián Buchelli y, especialmente, la fundación y consolidación de la Universidad de Nariño marcaron un punto de inflexión en nuestra historia regional. A partir de entonces comenzaron a circular nuevas corrientes filosóficas, científicas, políticas y culturales que rompieron el aislamiento intelectual que durante tanto tiempo había caracterizado a esta tierra.
Especial relevancia adquiere el análisis que realiza el autor sobre la Universidad de Nariño como motor de transformación social. No fue simplemente una institución educativa; fue el escenario donde comenzaron a debatirse nuevas ideas, donde el pensamiento crítico encontró un espacio de desarrollo y donde la región empezó a dialogar con el mundo. En ese mismo proceso, el ingreso de la mujer a la educación superior constituyó una auténtica revolución silenciosa. Su presencia enriqueció la vida académica, cuestionó viejos paradigmas y amplió el horizonte cultural de una sociedad que durante siglos había permanecido atada a estructuras profundamente conservadoras.
La evolución de la literatura, el surgimiento de nuevos movimientos culturales y el pensamiento de intelectuales como Ignacio Rodríguez Guerrero, y otros historiadores, escritores y filósofos nariñenses terminaron por consolidar una región mucho más consciente de sí misma y mucho más abierta al conocimiento universal.
El autor tampoco evade un tema delicado: el papel de la religión en la construcción de nuestra identidad colectiva. Su análisis no constituye un ataque contra la fe, sino una invitación a comprender cómo, en determinados momentos históricos, la utilización política de la religión y el apego irrestricto a determinados postulados terminaron limitando el desarrollo del pensamiento crítico y fortaleciendo posiciones que hoy resultan claramente anacrónicas. Esa reflexión, serena pero contundente, constituye uno de los mayores aportes intelectuales de esta obra.
Quizá el aspecto más valioso de este capítulo radica en que desmonta el viejo relato del victimismo que durante décadas ha acompañado la interpretación de nuestra historia. Pasto no puede seguir contemplándose únicamente como la ciudad incomprendida, castigada o marginada por los acontecimientos de la Independencia. Esa visión, aunque pueda encontrar explicaciones históricas, termina convirtiéndose en un obstáculo para construir el porvenir.
El verdadero desafío consiste en comprender el pasado sin quedar prisioneros de él. Ese es, precisamente, el gran mensaje de Eduardo Zúñiga Erazo. La historia no puede convertirse en una cadena que inmovilice a las nuevas generaciones. Debe ser una herramienta para entender nuestros errores, reconocer nuestras fortalezas y construir un proyecto colectivo mucho más ambicioso.
Los nariñenses del siglo XXI no estamos llamados a seguir alimentando una discusión interminable entre agualonguistas y bolivarianos. Esa controversia pertenece al patrimonio histórico y debe ser estudiada con rigor académico, pero no puede seguir definiendo nuestra identidad política ni nuestro destino como región.
Hoy los desafíos son otros. La competitividad, la educación, la ciencia, la tecnología, la innovación, la inteligencia artificial, la protección del medio ambiente, la integración regional y la generación de oportunidades para las nuevas generaciones constituyen las verdaderas batallas de nuestro tiempo. Permanecer atrapados en disputas ideológicas de hace doscientos años sería desconocer las enormes posibilidades que tiene Nariño para proyectarse hacia el futuro.
En ese sentido, este capítulo adquiere la dimensión de un verdadero tratado sobre la transformación de una sociedad. Es historia, pero también sociología; es política, pero también filosofía; es memoria, pero sobre todo una invitación a pensar el mañana. Pocas veces un libro regional consigue trascender la simple narración de los hechos para convertirse en una reflexión sobre el destino colectivo de un pueblo.
Por ello, considero que «El realismo pastuso y su aversión a Simón Bolívar» es mucho más que un libro sobre la Independencia. Es una invitación a reconciliarnos con nuestra propia historia. A comprender que el pasado debe estudiarse con serenidad, sin fanatismos, sin prejuicios y sin odios heredados. Solo así podremos construir una identidad regional más madura, más crítica y más comprometida con el desarrollo.
Quiero expresar mi más sincera felicitación al doctor Eduardo Zúñiga Erazo por esta extraordinaria contribución a la historia nariñense. Su obra merece ocupar un lugar de privilegio en las bibliotecas, en las universidades, en las instituciones educativas y, sobre todo, en la conciencia de quienes desean comprender el verdadero proceso histórico de nuestra región.
Sería altamente valioso que este libro trascendiera el ámbito editorial y se convirtiera en el punto de partida de conferencias, seminarios, foros y debates académicos en todo el departamento de Nariño. Estoy convencido de que escuchar al doctor Eduardo Zúñiga Erazo dialogar con estudiantes, docentes, investigadores y ciudadanos enriquecería enormemente la reflexión sobre nuestra identidad y nuestro futuro.
Porque el mayor mérito de esta obra no consiste únicamente en explicar por qué fuimos lo que fuimos. Su mayor virtud radica en recordarnos que ningún pueblo está condenado a permanecer prisionero de su pasado. Los pueblos que conocen su historia con espíritu crítico encuentran siempre la fuerza para reinventarse.
Y quizá esa sea la lección más luminosa que deja este magnífico libro: que la mejor manera de honrar nuestra historia no es seguir discutiendo eternamente sobre ella, sino utilizar sus enseñanzas para construir un Nariño más libre, más ilustrado, más próspero y profundamente reconciliado consigo mismo.
