Por: Pablo Emilio Obando A.
-A nuestros hijos-.
Comprobamos cotidianamente que hay heridas que no sangran, pero permanecen abiertas durante generaciones. Una de ellas es la que Colombia ha causado a su juventud cuando le ha dicho, de manera silenciosa pero contundente, que para trabajar, progresar y abrirse camino no basta con ser inteligente, preparado, creativo o capaz: hay que tener padrino.
Durante décadas, demasiados jóvenes colombianos descubrieron demasiado pronto una verdad dolorosa: el mérito no siempre abría las puertas, mientras que una recomendación política podía abrirlas todas.
No era suficiente obtener un título universitario. No bastaba haber estudiado, investigado, trabajado con disciplina o demostrado capacidades. Había que saber a quién llamar, a qué dirigente acercarse, a qué campaña acompañar, qué fotografía publicar, qué discurso repetir y, sobre todo, qué lealtades conservar.
Así comenzó una tragedia silenciosa.
Miles de jóvenes tuvieron que escoger entre ser ellos mismos o convertirse en aquello que el poder necesitaba que fueran.
Y cuando un joven debe escoger entre su conciencia y su empleo, entre su independencia y su futuro, entre su creatividad y una oportunidad laboral, la democracia comienza a enfermar.
El viejo clientelismo no solamente repartió puestos. Repartió destinos.
Un cargo público podía convertirse en premio, una entidad estatal en fortín, un ministerio en territorio político, una dirección en recompensa y una contratación en mecanismo de fidelidad. El mensaje era perverso: “Si estás conmigo, tendrás una oportunidad; si no estás conmigo, tendrás que esperar”.
¿Cuánto talento colombiano se perdió de esa manera?
¿Cuántos ingenieros terminaron haciendo cualquier cosa menos ingeniería? ¿Cuántos economistas abandonaron sus proyectos? ¿Cuántos abogados renunciaron a la justicia para sobrevivir? ¿Cuántos maestros dejaron de enseñar? ¿Cuántos científicos buscaron en otros países las oportunidades que Colombia les negó? ¿Cuántos emprendedores enterraron sus sueños porque nadie quiso confiar en ellos?
La fuga de cerebros no siempre comienza en un aeropuerto.
A veces comienza mucho antes: cuando un joven comprende que en su propio país su inteligencia vale menos que una recomendación.
Y entonces se marcha.
Se va con una maleta llena de títulos, sueños y frustraciones. Se lleva consigo aquello que Colombia más necesita: talento.
Pero sería injusto pensar que esta historia pertenece únicamente al pasado.
Porque hemos cambiado de discursos, de partidos, de colores y de consignas, pero no siempre hemos cambiado las prácticas.
También existe un clientelismo vestido de renovación.
También puede haber jóvenes utilizados como fichas políticas, como militantes, activistas o soldados electorales, sin que necesariamente se les reconozca por aquello que verdaderamente importa: su capacidad profesional, su inteligencia, su experiencia, su creatividad y su visión de país.
Cambiar de bando no significa necesariamente cambiar de modelo.
Y ahí está uno de nuestros grandes problemas.
Colombia no necesita sustituir un clientelismo por otro. No necesita cambiar los nombres de los dueños de las cuotas burocráticas. No necesita que unos jóvenes reemplacen a otros simplemente porque pertenecen a una corriente política diferente.
Necesita algo mucho más profundo: romper la lógica misma del favor político.
El Estado no puede ser una agencia de empleos para los vencedores de las elecciones.
Un ministerio no debería preguntarse primero quién apoyó al gobernante, sino quién tiene las capacidades para transformar esa cartera.
Un instituto descentralizado no debería convertirse en premio de consolación electoral.
Una gobernación no debería distribuir cargos como quien reparte fichas de ajedrez.
Y una alcaldía no debería confundir gobernabilidad con subordinación.
La verdadera meritocracia no consiste en colocar a personas de nuestro agrado. Consiste en tener la grandeza de nombrar incluso a quien piensa diferente cuando reconocemos en él o en ella las capacidades necesarias para servir al país.
Ese sería un verdadero acto de grandeza política.
Porque gobernar no es administrar una victoria electoral.
Gobernar es administrar un país.
Y Colombia necesita, urgentemente, dejar de mirar a sus jóvenes desde la estrecha óptica de la elección siguiente y comenzar a mirarlos desde la perspectiva de los próximos cincuenta años.
La juventud no debería preguntarse qué político necesita para conseguir trabajo.
Debería preguntarse qué necesita Colombia para que su talento pueda convertirse en trabajo, empresa, ciencia, innovación, cultura, educación y riqueza.
Ahí está el verdadero desafío económico.
No habrá transformación productiva mientras miles de jóvenes preparados permanezcan desempleados, subempleados o dependiendo de favores.
No habrá revolución empresarial mientras conseguir capital dependa más de los contactos que de la viabilidad de una idea.
No habrá innovación mientras el Estado premie la obediencia política por encima de la excelencia.
No habrá desarrollo mientras nuestros mejores cerebros descubran que el futuro está más cerca en Madrid, Toronto, Melbourne, Berlín o Nueva York que en Bogotá, Pasto, Cali, Medellín, Tumaco o cualquier rincón de nuestra patria.
Y hay algo todavía más grave.
Cuando una sociedad acostumbra a sus jóvenes a depender del poder, termina educándolos para la dependencia.
El joven deja de preguntarse qué puede construir y empieza a preguntarse quién puede ayudarlo.
Deja de pensar como creador y comienza a pensar como beneficiario.
Deja de mirar el horizonte y comienza a mirar la nómina.
Esa transformación interior es quizás el triunfo más perverso del clientelismo.
Por eso necesitamos recuperar una palabra que hemos usado demasiado y practicado demasiado poco: libertad.
Libertad para pensar.
Libertad para disentir.
Libertad para emprender.
Libertad para investigar.
Libertad para trabajar.
Libertad para equivocarse y volver a comenzar.
Libertad, incluso, para no pertenecer a ningún partido político.
Porque un joven no debería necesitar carnet político para demostrar que puede servirle a Colombia.
Y tampoco debería ser excluido por no tenerlo.
La política tiene que entender que la juventud no es una cantera electoral.
No es una fotografía para las redes sociales.
No es una multitud para llenar una plaza.
No es una estadística para un discurso.
Es el principal capital humano de una nación.
Y ese capital no puede seguir desperdiciándose.
Tal vez aquí aparezca una utopía.
Tal vez alguien diga que esto es ingenuo.
Tal vez quienes han vivido cómodamente dentro del sistema respondan que así funciona la política.
Precisamente por eso hay que cambiarla.
Porque que algo haya funcionado durante décadas no significa que sea justo.
Y que una práctica sea tradicional no la convierte en honorable.
Colombia necesita ministros que sepan de ministerios, directores que conozcan sus entidades, funcionarios que entiendan aquello que administran y jóvenes que lleguen a los lugares de decisión no porque fueron fichas de una campaña, sino porque demostraron ser los mejores.
Necesitamos una política suficientemente madura para reconocer el talento incluso cuando ese talento no le pertenece políticamente.
Necesitamos gobernantes capaces de decir: “No me apoyó, pero es excelente; por eso debe estar allí”.
Ese día habremos comenzado a construir otra Colombia.
Una Colombia donde la juventud no determine su futuro según el político de turno, sino donde sea la propia juventud la que tenga la capacidad de determinar el futuro de los políticos.
Porque el poder político debería perseguir al talento y no el talento perseguir al poder.
Ahí está, quizás, la diferencia entre una democracia que sobrevive y una democracia que evoluciona.
No podemos seguir formando jóvenes para después enseñarles a obedecer.
Tenemos que formar jóvenes para crear.
No podemos seguir diciéndoles que esperen una oportunidad.
Tenemos que construir un país donde puedan producirla.
No podemos continuar preguntándoles a quién conocen.
Tenemos que preguntarles qué saben hacer.
Y sobre todo, qué están dispuestos a hacer por Colombia.
El pasado nos deja una lección dolorosa: demasiados jóvenes tuvieron que renunciar a sí mismos para sobrevivir.
El presente nos plantea una pregunta inquietante: ¿estamos repitiendo la historia con otros nombres, otros discursos y otros colores?
El futuro, sin embargo, todavía está abierto.
Y ahí está nuestra esperanza.
Colombia todavía tiene una juventud brillante, inconforme, preparada, creativa y profundamente capaz.
No la condenemos a emigrar.
No la obliguemos a arrodillarse ante ningún poder.
No la convirtamos en instrumento de ninguna maquinaria.
Abrámosle las puertas.
Démosle crédito.
Démosle oportunidades.
Démosle responsabilidades.
Y, sobre todo, démosle algo que durante demasiado tiempo le hemos negado: la posibilidad de triunfar por sus propios méritos.
Porque quizá el verdadero milagro colombiano no esté en encontrar un nuevo salvador político.
Quizá esté en dejar de necesitar salvadores.
Quizá la transformación comience cuando entendamos que una nación no cambia porque cambian sus gobernantes, sino cuando cambia la manera como reconoce, utiliza y protege el talento de sus ciudadanos.
Y entonces sí podremos decir que Colombia está cambiando.
Cuando el hijo de nadie pueda llegar a cualquier lugar.
Cuando una buena idea valga más que un apellido.
Cuando un título valga más que una recomendación.
Cuando una empresa pueda nacer sin padrino.
Cuando un joven pueda disentir sin perder su empleo.
Cuando el mérito sea suficiente.
Cuando la inteligencia no tenga partido.
Cuando la excelencia no tenga color político.
Cuando Colombia deje de preguntar por quién votaste y empiece a preguntar qué puedes aportar.
Ese día, la juventud dejará de ser la promesa aplazada de Colombia.
Será, finalmente, su presente.
Y tal vez entonces descubramos que el futuro de nuestra patria nunca estuvo en manos de los políticos.
Estuvo, desde siempre, en las manos de sus jóvenes.
