Por: Enrique Herrera Enríquez.
Manuel Godoy y Álvarez de Faria Ríos Zarazosa o simplemente Manuel Godoy, “el favorito”, el “Príncipe de la Paz de España” tras la firma de la “paz de Basilea” con Francia en 1795, es un personaje que definitivamente asumiría frente a la historia la responsabilidad de los acontecimientos que van a determinar el proceso de independencia de los países hispanoamericanos, acorde con cuanto vamos a analizar a través de esta crónica.
Nacido en Badajoz, población extremeña limítrofe con Portugal el 12 de mayo 1767, de familia hidalga pero no de alta alcurnia, viaja a Madrid donde ya se encontraba Luis, un hermano mayor suyo, trabajando al servicio de su majestad dentro de la “Guardia Real” donde también ingresa como “Guardia de Corps” a la edad de 17 años, destacándose por su porte varonil y esbelta figura que se acentúa cuando monta sobre el lomo de su caballo y la forma de hablar y expresarse que se caracteriza con un gran “don de gentes” que le abre caminos de distinción para avanzar en su proyecto militar que combina con el conocimiento del francés y latín al igual que la interpretación musical de su guitarra.
A la muerte de Carlos III, corresponde a su hijo Carlos asumir en abril de 1789 el trono de la Corona española bajo el nombre de Carlos IV, compartiendo dicho honor con su esposa Doña María Luisa de Parma, quien desde que se casó había dado “que decir” por su inestable comportamiento frente a la indiferencia conyugal de su esposo Carlos IV, que estaba más preocupado por la cacería de animales y el arreglo de relojes, antes que atender los deberes de esposo.
En uno de sus tantos paseos por los jardines del Prado del Palacio Real de Madrid, María Luisa de Parma, la “Reina Consorte de España”, fue testigo presencial de la sorpresiva caída del caballo de un apuesto y juvenil guardia de su sequito de honor que de manera inmediata llamó su atención, tanto así que pidió detener su carruaje para descender y auxiliar con sus propias manos al jinete caído, a quien tomó de su cabeza, la levantó y se quedó abismada al observar detenidamente ese juvenil rostro que también supo trasmitir su admiración por estar en brazos de su majestad María Luisa de Parma.
El accidentado jinete Manuel Godoy de la “Guardia de Corps”, fue traslado a uno de los salones del Palacio Real para que sea atendido convenientemente bajo la inquieta presencia de la Reina Consorte que se despidió recomendando dar toda la atención requerida al paciente. Al día siguiente regresó en compañía de su esposo el monarca español Carlos IV quien también quedó cautivado por la forma de expresarse y cierta manifestación de hidalguía y caballerosidad del joven accidentado. Se dice que María Luisa de Parma visitó frecuentemente al jinete a quien luego recibiría de manera especial en su alcoba para disfrutar de su compañía en la intimidad de su lecho, hasta convertirlo en su amante predilecto por cuanto era su costumbre atender la visita de otros jóvenes para el deleite sexual que no encontraba en su ausente esposo el rey Carlos IV, la citada reina lasciva.
Siendo como era de influyente la reina consorte con su esposo Carlos IV, logra que el advenedizo “Guardia de Corps”, ahora su amante: Manuel Godoy, sea asignado al servicio en el Palacio Real como “Cadete Supernumerario”, y cuatro meses después en mayo de 1789 es nombrado coronel, para en el mes de noviembre hacer parte de la “Orden de Santiago”.
Esta carrera vertiginosa de Manuel Godoy, el “válido aventurero” como se le conoce, se debe de manera indiscutible a su amistad sentimental con la que se comienza a destacar en la historia como “esposa inmoral”, “reina indigna” e “impura prostituta”, entre otros calificativos dados por sus críticos por su lasciva actividad en la cama nupcial, muchas veces se ha dicho con la anuencia de Carlos IV que conociendo su comportamiento de infidelidad con Manuel Godoy, ahora su mejor amigo, solía decir: “No importa, era un pecadito sexual sin importancia, importa es la lealtad que él tiene para conmigo”. No está por demás conocer que el citado “favorito” se había casado con María Teresa de Borbón, hija de Luis, hermano de Carlos III y en tal razón tío de Carlos IV, la selección la había hecho María Luisa de Parma al tener conocimiento de los amoríos de Godoy con Pepita Tudó, bonita pero sin aristocrático linaje.
En febrero de 1791 el favorito Godoy se desempeña como “Mariscal de Campo”, en julio ya es “Teniente General” condecorado con la “Cruz Carlos III”. Meses después, el propio Carlos IV, lo designa “Duque de Alcudia” regalándole la finca con ese nombre. En noviembre de 1792 es nombrado “Primer Secretario o Presidente del Gobierno”, otorgándole la “Concesión del Toisón de Oro”, cuando tenía escasos 25 años.
Para mayo de 1793 ostenta el título de “Capitán General”, situación altamente admirable si se tiene en cuenta que todos estos cargos los alcanza en un espacio no mayor a los cinco años, obviamente bajo la protección de su amante María Luisa de Parma y la complacencia de Carlos IV.
Pedro Pablo Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea, mejor conocido como el “Conde de Aranda” fue un noble militar y estadista ilustrado español quien ejerciera la “Presidencia del Consejo de Castilla y Secretario de Estado”, cayó en desgracia frente a Carlos IV al plantear la neutralidad con Francia reconociendo la superioridad militar de ésta luego de la revolución iniciada en el 14 de julio de 1789 con la toma de La Bastilla y la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente francesa, dando pie para el nombramiento de Manuel Godoy a partir del 15 de noviembre de 1792 en remplazo del “Conde de Aranda” a quien ordena detener y declara la guerra a Francia.
El 22 de julio de 1795 Manuel Godoy en su carácter de “Primer secretario de Estado y del Despacho” entra a negociar con Francia el denominado “Tratado de Basilea”, obteniendo favorables resultados que llevaron a Carlos IV a reconocerlo curiosamente como “Príncipe de la Paz”, cuando el título de “Príncipe” solo se le daba al heredero del trono en este caso a Fernando “Príncipe de Asturias”, como varón primogénito, despertando celos y malestar que repercutirán en su momento.
Una de las consecuencias de la mencionada “Paz de Basilea” fue el “Tratado de San Ildefonso”, que el favorito Godoy firmó con Francia en 1796. Con su firma España se convertía en su aliada y por ende, en enemiga del Reino Unido, al que se declaró la guerra. En consecuencia: la armada española fue derrotada en el cabo de San Vicente (14 de febrero de 1797) y en segundo lugar se perdió la isla de Trinidad, en el Caribe, si bien los ingleses fracasaron en su intento de apoderarse de Cádiz y la isla de Tenerife, aunque consiguieron cortar el tráfico comercial de España con las Indias. Este esfuerzo bélico a punto estuvo de ahogar a la economía nacional. Godoy se vio obligado a negociar la paz por separado con Inglaterra, lo que le hizo perder la confianza de los franceses.
En 1801 es nombrado “Generalísimo”, título nunca antes otorgado en España, para finalmente ostentar el grado de “Gran Almirante”, con tratamiento de “Alteza Serenísima”, siendo “Jefe de todos los Ejércitos españoles de Mar y Tierra” y ser “Presidente del Consejo de Estado” por voluntad de Carlos IV y el beneplácito de María Luisa de Parma.
El hundimiento del buque de guerra español, “Nuestra Señora de Las Mercedes”, la mañana del 5 de octubre de 1804 a pocas millas náuticas de Cádiz, por cuatro fragatas británicas, cuando regresaba de América junto a otros tres navíos militares transportando todos los impuestos de los cinco años precedentes, provocó la declaración de guerra de España al Reino Unido. Perecieron 249 personas, 11 de ellos niños; 23 civiles.
El famoso válido (Manuel Godoy), advenedizo aventurero, favorito de la reina lasciva María Luisa de Parma, vivió en gracia hasta 1807, cuando España suscribió con Francia el “Tratado de Fontainebleau” el 27 de octubre, por el que España permitiría pasar por su territorio a las tropas francesas con el fin de invadir Portugal; una simple excusa para ocupar pacíficamente el territorio español como veremos en su oportunidad.
Conforme al tratado, una vez invadido Portugal, sería dividido en tres partes. El Norte (Oporto y Entre Douro e Minho) sería entregado, con el nombre de Reino de Lusitania Septentrional, al antiguo rey de Etruria, Carlos Luis de Parma (Luis II de Etruria), sobrino de Fernando VII, en compensación por sus territorios italianos (Reino de Etruria) entregados a Napoleón. La Zona Centro (Beira, Trás-os-Montes y Estremadura portuguesa) se reservaría para un posible cambio por Gibraltar y la isla de Trinidad, en manos de Gran Bretaña. La Zona Sur (Alentejo y Algarve) pasaría a Manuel Godoy y su familia como Principado de los Algarves. En cuanto a las colonias, su división entre Francia y España se dejaba para un acuerdo posterior.
Fue un momento en el que el afable Carlos IV y su hijo, el ambicioso “Príncipe de Asturias”, Don Fernando, libraban una guerra incruenta por el poder disputado con Manuel Godoy, en la que Napoleón hizo de árbitro. Curiosamente, fue Godoy el primero en columbrar los verdaderos planes del emperador francés. Trató de llevar a la familia real a Sevilla con el objetivo de embarcarla hacia América, siguiendo el ejemplo de la familia real portuguesa que se salió el 29 de noviembre de 1807, para refugiarse en Brasil. De haberse llevado a cabo su plan la historia de España hubiera sido muy diferente.
El 27 de octubre de 1807, Carlos IV, tiene cabal conocimiento del que se conocería como “complot o conspiración de El Escorial” protagonizado por su hijo Don Fernando y un grupo de sus leales seguidores, que dio pie para el proceso que se iniciaría contra el “Príncipe de Asturias”, Don Fernando, quien aconsejado por su confesor Juan Escoiquiz y otro grupo de conspiradores estarían dispuestos de atentar hasta con la vida de sus progenitores, los reyes de España Carlos IV y en especial María Luisa de Parma, por proteger y estar de acuerdo con cuanto proponía y disponía el odiado Manuel Godoy.
Don Fernando, el futuro rey de España, fue recluido en calidad de prisionero en su sala de habitación del Monasterio El Escorial, en tanto se realizaba la investigación correspondiente, encontrándose en su habitación varios documentos que lo comprometían en el citado complot, ante lo cual luego de negar tuvo que admitir y denunciar a los conjurados, siendo perdonado por su padre Carlos IV. La situación fue tan critica que en carta que suscribe el 29 de octubre de 1807, Carlos IV a Napoleón Bonaparte, informándole del complot, le dice que Fernando, su hijo “había formado el horrible designio de destronarme, y había llegado al extremo de atentar contra los días de su madre (doña María Luisa de Parma)”, razón por la cual no tiene escrúpulo de manifestarle a Napoleón que preferiría ver en el trono en su reemplazo, a un hermano de Napoleón, cuando le dice: “uno de sus hermanos será más digno de reemplazarle en mi corazón y en el trono”.
Frente a estos acontecimientos, desconociendo Napoleón en la práctica el “Tratado de Fontainebleau” comienza a invadir, militarmente a España bajo la aplicabilidad de un documento que denomina “Especies Cuestiones Proponibles”, arrogándose el derecho a mover y situar sus ejércitos “sin ninguna limitación de Provincias y lugares”, exigiendo que «cualesquiera plazas fuertes sobre las cuales necesitasen apoyarse sus ejércitos les fueran abiertas». Lo justificaba por la crisis de la monarquía española que atribuía a «la discordia de la familia real».
Manuel Godoy comprendió las soterradas intenciones que tenía Bonaparte y en tal razón propuso a los monarcas españoles salir del territorio español rumbo a América tal cual lo habían hecho los monarcas portugueses al salir para establecerse en el Brasil, Carlos IV con su señora no estuvieron de acuerdo y se ubicaron en el “Palacio Real de Aranjuez”. Insistiendo en la salida de Madrid y frente a la animadversión que se tenía ganada Manuel Godoy, el pueblo bajo la dirección de los seguidores del “Príncipe de Asturias”, Don Fernando, comenzaron desde el 13 de marzo de 1808 a desplazarse alrededor del Palacio a fin de impedir la salida de los reyes hacia el Sur camino a Sevilla buscando la salida a América. Vino luego un tire y afloje entre Carlos IV y su hijo Fernando para atender la solicitud del advenedizo Godoy respecto a su salida del Palacio, durante esos días de incertidumbre, que obligaron a las gentes que circundaban el sector a exclamaciones como: «Viva el Rey y venga a tierra la cabeza de Godoy». «Viva el Rey, viva el príncipe de Asturias, muera el perro de Godoy”,
El 18 de marzo circulaban diversos rumores por el movimiento de tropas francesas en las calles de Madrid, hasta cuando pasada la medianoche se hizo una señal luminosa desde la habitación del “Príncipe de Asturias” ―o desde otro lugar no determinado― y poco después sonó un disparo. El caos fue total entre los expectantes pobladores de Madrid hasta cuando un grupo se dirigió a la casa de Manuel Godoy para buscarlo y proceder contra este, siendo saqueada sin haber logrado la captura de Godoy que alcanzó a salir y refugiarse en otro lugar en tanto procedieron a capturar a la esposa del odiado Godoy con su hija y al hermano de éste que trataba de protegerlas. Todo se calmó a la mañana siguiente cuando aparecieron en los balcones del “Palacio Real de Aranjuez” los monarcas y su hijo Fernando.
Horas después es localizado Manuel Godoy quien fue maltratado y logra salir con vida gracias a la intervención que hace el “Príncipe de Asturias” garantizando que se hará el juicio pertinente aun en contra de la defensa que pretende hacer Carlos IV, situación que exaspera a los conjurados en su contra.
Todo vuelve a la tranquilidad y se llena de alborozo cuando en la mañana del día 19 de marzo de 1808, Carlos IV abdica en favor de su hijo el “Príncipe de Asturias”, quien ahora aparece en el balcón principal del “Palacio Real de Aranjuez” solo, con la corona real en su cabeza, ostentando el título de monarca español con el nombre de “Fernando VII”.
Esta situación nada clara para la gente, pero si complaciente por haber logrado el ascenso a la corona española de Fernando VII se encuentra suscrita en la expresa manifestación de inconformidad por parte de Carlos IV cuando en carta a Napoleón Bonaparte es preciso en manifestar: “Yo no he renunciado a favor de mi hijo sino por la fuerza de las circunstancias, cuando el estruendo de las armas y los clamores de una guardia sublevada me hacían conocer bastante la necesidad de escoger la vida o la muerte…”
“Yo fui forzado a renunciar; pero he tomado la resolución de conformarme con todo lo que quiera disponer de nosotros y de mi suerte, la de la Reina y la del “Príncipe de la Paz” (Manuel Godoy).
Mes y medio después de ejercer el cargo de monarca, Fernando VII, es obligado por el Emperador Napoleón Bonaparte a asistir a una cita convocada en la población de Bayona donde se encuentra con su padre Carlos IV, su madre María Luisa de Parma y el odiado Manuel Godoy quien había viajado con María Tudor, su verdadera amante, viéndose obligado a renunciar de su cargo ante el Emperador francés el 6 de mayo de 1808, para luego ser testigo del nombramiento y posesión del hermano de Napoleón, Don José Bonaparte, como Rey de España, con el nombre de José I.
Como bien se ha dicho Madrid estaba bajo la ocupación militar del ejército de Napoleón Bonaparte desde el 23 de marzo de 1808, con el pretexto de pasar rumbo a ocupar militarmente a Portugal para evitar que el Reino Unido pueda cruzar el continente europeo, dando por parte de Francia aplicabilidad del “Tratado de Fontainebleau” del 27 de octubre de 1807, modificado sustancialmente por el documento denominado “Especies Cuestiones Proponibles” mediante el cual el ejército francés de Napoleón se ha tomado militarmente y de manera fraudulenta el territorio español. El General francés Joaquín Murat había recibido órdenes de trasladar a la hija de Carlos IV y sus hijos, junto con su hijo menor, a Bayona, situación que desencadenó una rebelión del pueblo madrileño que se agolpeo alrededor del “Palacio Real de Aranjuez” para impedir la salida en referencia el día 2 de mayo de 1808.
El General Murat ordenó la inmediata represión militar para someter a la población madrileña que armada de cuanto elemento militar y contundente pudo, se resistía a la invasión francesa, en tanto el ejército español permanecía confinado en sus cuarteles excepto el de “Monteleó”, donde dos de sus oficiales: Luis Daoíz y Torres y Pedro Velarde y Santiyán, aún son conmemorados como héroes de la rebelión. Ambos murieron durante el asalto francés al cuartel, ya que los rebeldes fueron reducidos por una fuerza numérica muy superior. Al final, luego de una masacre en la población civil, las fuerzas militares francesas sometieron a Madrid y su gente que ya tenía conocimiento de la abdicación de los reyes en Bayona ante el imperio de Napoleón Bonaparte.
En un comunicado emitido ese mismo día, Murat declaró: «La población de Madrid, extraviada, se ha entregado a la revuelta y al asesinato. Ha corrido sangre francesa. Exige venganza. Todos los arrestados en el levantamiento, armas en mano, serán fusilados».
“El Consejo de Castilla”, como “Consejo Real” era la segunda dignidad del reino tras del Rey, con los acontecimientos de Bayona en que Carlos IV y Fernando VII estaban confinados en el “Castillo de Valencay” por órdenes de Napoleón Bonaparte y la designación que éste hace de su hermano José como monarca español, el Consejo Real toma la determinación de acatar lo dispuesto por el Emperador francés y no interviene en los acontecimientos de la toma del 2 de mayor por el ejército francés de la ciudad de Madrid.
Desconociendo esta actitud servilmente afrancesada del “Consejo de Castilla” se reúne a partir del 24 de mayo de 1808 la “Junta General del Principiado de Asturias” para declarar al siguiente día 25, la guerra a Napoleón enviando comisionados a Inglaterra para buscar respaldo a dicho pronunciamiento; situación similar se presenta en Valencia, Galicia, pero será en Sevilla donde se integrará la “Suprema Junta de Gobierno de España e Indias”, considerando a esta ciudad como capital de España libre de Francia, decretando a partir del 6 de junio de 1808 la guerra al Emperador de Francia, Napoleón Bonaparte como inicio del movimiento de independencia de la invasión francesa.
El 15 de junio de 1809, la “Suprema Junta de Gobierno de España e indias” establecido en Sevilla, emite un comunicado a las autoridades del continente americano, explicando la situación que se tiene frente a la invasión y toma militar del territorio español por parte de las tropas francesas al mando de Napoleón Bonaparte, con la novedad de tener en cautiverio a Carlos IV y Fernando VII en el Castillo de Valencay después de los acontecimientos de Bayona, y ahora como consecuencia de tan fatal situación gobierna José I, hermano del Emperador Napoleón Bonaparte, un rey que se considera usurpador, razón por la cual se motiva, impulsa y promueve la creación de “Juntas Supremas de Gobierno” en cada jurisdicción que tenga como mínimo tres puntos a defender: Primero: sumisión, doblegamiento y reconocimiento a la autoridad de Fernando VII para combatir la autoridad del usurpador José I, hermano del Emperador Bonaparte; Segundo: Reconocer como única a la Religión Católica, Apostólica y Romana; y Tercero: Guerra frontal contra Francia y su Emperador Napoleón Bonaparte, pronunciamientos que veremos reflejados en los diversos documentos que se emitieron durante las diversas Juntas de Gobierno que se crearon e instalaron en las diversas ciudades de América Hispana.
Los tres puntos anotados están plenamente establecidos en los textos que se redactaron para asumir un determinado cargo comenzando por el correspondiente a los integrantes de cada Junta Suprema de Gobierno, para lo cual traemos a referencia el de Quito el 10 de agosto de 1809 y el de Santafé de Bogotá el 20 de julio de 1810 por estar tan cercanos a la historia de San Juan de Pasto.
Don Atanacio Olea, secretario de la Junta Suprema de Gobierno de Quito, trascribe así el juramento que hicieron el 10 de agosto de 1809 los nominados al posesionarse en sus respectivos cargos:
“Juramos al Señor Don Fernando Séptimo, como nuestro Rey y Señor Natural, y juramos adherir a los principios de la Junta Central, de no reconocer jamás dominación de Bonaparte, ni de Rey alguno intruso. necesario fuere, por estos sagrados objetos hasta la ultima gota de nuestra Juramos conservar en unidad y pureza la Religión Católica, Apostólica y Romana, en que por la misericordia de Dios tuvimos la felicidad de nacer, y juramos finalmente hacer todo el bien posible a la Nación y Patria, perdiendo si sangre y por la Constitución”.
En Santafé de Bogotá los confabulados en el movimiento del 20 de julio de 1810, al no poder contar con la presencia del Virrey Amar y Borbón presidiendo la citada Junta Suprema de Gobierno, consignaron el acta que se “protesta no abdicar los derechos imprescriptibles de la Soberanía del Pueblo a otra persona que a la de su augusto y desgraciado Monarca Don Fernando Séptimo, reconocido de manera clara y concreta el vasallaje, sumisión y acatamiento a la autoridad del Monarca y la dependencia de España, tanto que el protocolo para asumir el cargo en la Junta Suprema de Gobierno y demás cargos del virreinato, se preguntaba: “Juráis por Dios Nuestro Señor y los Santos Evangelios que estáis tomando, defender, proteger y conservar nuestra Santa Religión, Católica, Apostólica y Romana, sostener los derechos del Señor Don Fernando Séptimo contra el usurpador de su corona Napoleón Bonaparte y su hermano José…?, ante lo cual los congresistas responde, puestas las manos sobre los Evangelios y formando la señal de la cruz, la formula del juramento siguiente:
“Juramos por el Dios que existe en los Cielos y cuya imagen está presente y cuyas Sagradas y Adorables máximas contiene este libro, cumplir religiosamente la Constitución y voluntad del pueblo expresada en esta acta, acerca de la forma de Gobierno Provisional que ha instalado; derramar hasta la última gota de nuestra sangre por defender nuestra Sagrada Religión Católica, Apostólica y Romana, nuestro amado monarca Fernando Séptimo y la libertad de la patria”.
Los juramentos de otras importantes ciudades tenían similar texto a los que aquí trascribimos, razón por la cual nos lleva a firmar que dichos movimientos no fueron de independencia total y absoluta de España ni menos desconocieron la autoridad de Fernando Séptimo, como ha hecho creer la historia oficial de nuestras republicas.
