Por: Pablo Emilio Obando A.
Nariño necesita cerrar ciclos. No como un acto simbólico ni como una consigna pasajera, sino como una decisión histórica colectiva. Durante décadas hemos vivido atrapados entre nostalgias, derrotas heredadas, discursos victimistas y liderazgos que administran el atraso mientras simulan representar el cambio. Ha llegado la hora de revisar nuestra historia con honestidad y, sobre todo, de dejar de convertir nuestras heridas en destino.
Uno de los ciclos más profundos que debemos cerrar nace desde la misma independencia. Nariño quedó marcado por derrotas militares, aislamiento político y una memoria regional construida desde el abandono y la resistencia. Esa herida histórica terminó moldeando buena parte de nuestra mentalidad colectiva. El realismo, entendido como resignación, pesimismo y desconfianza frente al futuro, no puede seguir gobernando nuestras decisiones. No podemos continuar educando generaciones enteras bajo la idea de que estamos condenados al rezago o al olvido nacional. El pasado explica muchas cosas, pero no puede seguir determinándolo todo.
También debemos cerrar el ciclo de creer que Colombia tiene una deuda eterna con Nariño. Sí, ha existido abandono estatal, centralismo y profundas inequidades históricas. Pero ningún territorio progresa únicamente esperando reparación. El futuro de Nariño no llegará como concesión política desde Bogotá; deberá construirse desde aquí, con emprendimiento, unidad de criterios, visión empresarial y capacidad de integración regional. La verdadera transformación comienza cuando dejamos de esperar salvadores externos y asumimos la responsabilidad de nuestro propio destino.
Otro ciclo urgente es el de los liderazgos anacrónicos y obsoletos. Durante años, Nariño ha sido gobernado por estructuras políticas que sobreviven gracias al clientelismo, al discurso emocional y a la administración burocrática de la pobreza. Muchos de esos dirigentes se presentan como defensores del pueblo mientras perpetúan el atraso económico, empresarial y educativo del departamento. Necesitamos un nuevo tipo de liderazgo: menos caudillista y más técnico; menos emocional y más estratégico; menos preocupado por elecciones y más comprometido con construir región.
Nariño también debe cerrar la brecha histórica entre su realidad andina y pacífica. Durante demasiado tiempo hemos actuado como si existieran dos territorios desconectados, cuando en realidad son dos enormes potencialidades complementarias. El Pacífico no puede seguir siendo visto únicamente desde la marginalidad, ni la zona andina desde un centralismo interno excluyente. Gremios, empresarios y sectores productivos deben impulsar una verdadera economía de integración regional, donde el puerto, la agricultura, el comercio, el turismo, la biodiversidad y la conectividad funcionen como una sola visión de desarrollo.
Igualmente, es necesario desmontar el viejo concepto romántico de la “región rebelde”. Esa narrativa, repetida durante décadas, terminó convirtiéndose en una prisión psicológica y cultural. Nos acostumbramos a pensar que nuestra supuesta rebeldía justificaba el aislamiento, la confrontación permanente y la distancia con los grandes procesos nacionales de inversión y desarrollo. Pero esa rebeldía pocas veces produjo transformación real. Más bien fue utilizada por castas políticas oportunistas que encontraron en ese discurso una herramienta emocional para perpetuarse en el poder mientras Nariño seguía perdiendo competitividad, inversión y oportunidades generacionales.
Debemos atrevernos a mirarnos con sinceridad y reconocer que muchos de nuestros atrasos también son responsabilidad nuestra. No todo puede explicarse desde el abandono externo. Hemos fallado en construir consensos regionales, en consolidar proyectos estratégicos de largo plazo y en integrarnos económicamente de manera inteligente al país. Nariño posee mar, cordillera, diversidad climática, riqueza ambiental, productividad agrícola permanente y una ubicación geográfica privilegiada. Pocas regiones en Colombia tienen semejante potencial. Sin embargo, seguimos participando de manera marginal en el Producto Interno Nacional porque todavía no pensamos como región productiva integrada.
Otro ciclo dañino es el de autopercibirnos como “los pobres de Colombia”. Esa narrativa ha limitado nuestra ambición colectiva. En realidad, Nariño es una de las regiones más ricas en recursos naturales, biodiversidad, producción agrícola, creatividad cultural y capacidad humana. Lo que nos ha faltado no es riqueza, sino visión regional y capacidad de transformación. Hemos normalizado el subdesarrollo como si fuera parte de nuestra identidad. Y ningún pueblo progresa mientras convierte sus limitaciones en orgullo resignado.
Por eso también debemos dejar de aferrarnos a dirigentes que han demostrado incapacidad administrativa y oportunismo electoral. Muchos de ellos llevan décadas reciclándose en cargos públicos mientras la región permanece estancada. Nos prometieron desarrollo y nos dejaron dependencia; nos prometieron dignidad y profundizaron el atraso; nos prometieron liderazgo y terminaron administrando la decadencia. Persistir en los mismos nombres y las mismas prácticas es condenarnos a repetir el mismo fracaso histórico.
La cultura merece igualmente una profunda transformación de enfoque. Nariño no puede proyectarse únicamente a través del carnaval, por valioso y extraordinario que este sea. Somos una región de artistas, escritores, músicos, artesanos, investigadores y creadores natos. Existe un enorme potencial creativo limitado por políticas culturales débiles, improvisadas y sin visión económica. La cultura debe convertirse en una industria de desarrollo regional, capaz de proyectar identidad, turismo, innovación y economía creativa.
Finalmente, necesitamos iniciar una verdadera renovación educativa y curricular. La educación en Nariño no puede continuar desconectada de nuestras potencialidades económicas y empresariales. Debemos formar jóvenes para la innovación agrícola, la agroindustria, la tecnología, el comercio internacional, la economía marítima, las industrias culturales y el emprendimiento regional. El sistema educativo debe dejar de fabricar profesionales para el desempleo y comenzar a formar líderes capaces de transformar la estructura económica del departamento.
Nariño necesita cerrar ciclos mentales, políticos y culturales. Necesita abandonar la queja permanente, el victimismo histórico y la resignación disfrazada de identidad. El futuro no llegará por decreto ni por discursos emocionales. Llegará cuando los nariñenses entendamos que somos los responsables directos de construir una nueva región.
Ha llegado el momento de dejar atrás el conformismo y emprender verdaderos procesos de transformación económica y social. Nariño tiene todo para convertirse en una región estratégica, productiva y moderna. Lo único que falta es decidirnos a creerlo y actuar en consecuencia.
