Por: Pablo Emilio Obando A.
Inició el 20 de julio un nuevo periodo legislativo. El departamento de Nariño cuenta con un número importante de congresistas de distintas vertientes políticas. Pacífico y Sierra se encuentran representados con varios de sus hijos. Se espera un accionar legislativo generoso y de beneficio para nuestra región. Desafortunadamente las oportunidades se pierden dejando un sinsabor para nuestros intereses regionales.
Escuchamos discursos, participaciones y debates que, muchas veces, se constituyen en simples réplicas de nuestros males endémicos y permanentes. Nuestros legisladores, salvo la excepción del caso, pasan desapercibidos, se constituyen en sombras legislativas que al final de su periodo no registran hechos que les permitan perpetuar su nombre. Pasan al olvido.
En esta ocasión es oportuno recordarles su compromiso con la ciudadanía, con la región, con nuestros intereses y posibilidades de progreso y desarrollo. Abordamos un tema que debe constituirse en su centro de interés y ser el protagonista en ese escenario de la democracia
colombiana. Nos referimos a LA LEY DE FRONTERAS.
Por décadas, el departamento de Nariño ha visto su condición de frontera como un problema. Sin embargo, la Ley 191 de 1995, conocida como la Ley de Fronteras, fue concebida precisamente para convertir esa ubicación geográfica en una ventaja competitiva. La gran pregunta es: ¿por qué, después de más de treinta años de vigencia, ese potencial sigue sin desarrollarse plenamente?
La ley establece un régimen especial para promover el desarrollo económico, social, científico, tecnológico y cultural de las zonas fronterizas. No fue creada únicamente para facilitar el comercio con Ecuador, sino para impulsar un modelo integral de desarrollo que permita a departamentos como Nariño convertirse en plataformas de integración internacional.
Sin embargo, la realidad muestra que gran parte de esos instrumentos legales permanecen subutilizados.
Uno de los aspectos más importantes de la ley es la posibilidad de establecer «Unidades Especiales de Desarrollo Fronterizo», con incentivos para atraer inversión, facilitar el intercambio de bienes y servicios y promover la libre circulación entre las comunidades de ambos países. En la práctica, Nariño aún no ha consolidado una estrategia de largo plazo que aproveche plenamente estas herramientas para convertir a Ipiales, Tumaco y otros municipios fronterizos en polos industriales, logísticos y comerciales.
Otro punto que continúa siendo una asignatura pendiente es el fortalecimiento de la infraestructura.
La propia ley señala que el Estado debe priorizar carreteras, transporte, telecomunicaciones, energía, agua potable y demás servicios necesarios para integrar las zonas fronterizas con el resto del país y con los mercados internacionales. No obstante, Nariño sigue enfrentando enormes dificultades de conectividad terrestre y logística, lo que reduce su competitividad frente a otras regiones colombianas.
¿Dónde está la mayor oportunidad? Quizá el mayor potencial está en transformar la frontera con Ecuador en un verdadero corredor económico binacional.
Esto significaría impulsar: parques industriales fronterizos; centros logísticos para exportación; plataformas de almacenamiento y distribución; incentivos tributarios para nuevas empresas; zonas de transformación agroindustrial.
La ley contempla precisamente mecanismos de integración y cooperación con los países vecinos para fortalecer el intercambio económico y eliminar barreras que dificultan esa relación natural entre comunidades fronterizas.
La Cultura y educación son un potencial olvidado. La Ley de Fronteras también habla del fortalecimiento cultural, científico y educativo.
Nariño comparte con el norte del Ecuador una historia, gastronomía, música, tradiciones y patrimonio común que podrían convertirse en un poderoso atractivo turístico internacional.
Festivales binacionales, circuitos patrimoniales, programas universitarios conjuntos, investigación compartida y promoción del turismo cultural podrían dinamizar significativamente la economía regional. Hasta ahora, estos componentes han recibido mucha menos atención que el comercio.
Otro aspecto poco desarrollado es el turismo de compras, de naturaleza y religioso. Ipiales posee uno de los principales santuarios del continente; Tumaco cuenta con un enorme potencial de turismo de playa y naturaleza; la exprovincia de Obando ofrece riqueza gastronómica, cultural y paisajística.
Con una estrategia binacional permanente, miles de visitantes ecuatorianos podrían incrementar su permanencia y gasto en territorio nariñense, generando empleo y crecimiento económico.
El problema no parece ser la ausencia de normas. La Ley 191 ya ofrece un marco suficientemente amplio. Lo que ha faltado es voluntad política, liderazgo regional y una agenda conjunta entre el Gobierno Nacional, la Gobernación de Nariño, los alcaldes, el sector empresarial, las universidades y las cámaras de comercio.
Más que esperar nuevos beneficios legales, el reto consiste en gestionar eficazmente los instrumentos que ya existen. Sería conveniente que el departamento promoviera un «Plan Maestro de Desarrollo Fronterizo», sustentado en la Ley 191, con metas concretas como:
convertir a Ipiales en un gran centro logístico internacional; fortalecer a Tumaco como puerto estratégico del Pacífico; impulsar zonas especiales para agroindustria y exportaciones;
crear incentivos para atraer inversión nacional y extranjera; consolidar corredores turísticos binacionales; fortalecer la cooperación universitaria y científica con Ecuador; gestionar proyectos conjuntos de infraestructura financiados por organismos internacionales.
Durante muchos años, Nariño ha reclamado mayor inversión del Gobierno Nacional. Esa petición sigue siendo válida. Pero también es cierto que el departamento posee una herramienta jurídica que aún no ha sido aprovechada en toda su dimensión.
La frontera no debe seguir siendo vista únicamente como una línea divisoria o un escenario de dificultades. La Ley de Fronteras invita justamente a lo contrario: convertirla en una puerta de oportunidades.
Quizá ha llegado el momento de dejar de mirar la frontera como el final del país y comenzar a verla como el comienzo del desarrollo económico que Nariño lleva décadas esperando.
Está es, sin duda alguna, una tarea para nuestros legisladores. Que brillen iluminando el destino de nuestra región, que impulsen iniciativas que generen progreso y bienestar fomentando empleo, transformación y educación. Tenemos una herramienta que nos permite vislumbrar un camino de paz, concordia y desarrollo. En sus manos entregamos el futuro de nuestra región.
