Por: Pablo Emilio Obando A.
Durante los últimos años he sido un crítico de varias decisiones, actuaciones y posturas políticas del gobernador de Nariño, doctor Luis Alfonso Escobar Jaramillo. Lo he hecho con independencia, con argumentos y con la convicción de que el ejercicio del periodismo exige señalar aquello que se considera equivocado. Esa posición no cambia. Sin embargo, la misma independencia obliga también a reconocer cuando un gobernante acierta.
Y, en esta ocasión, hay que decirlo sin ambigüedades: la carta enviada el pasado primero de julio al presidente electo de Colombia, doctor Abelardo de la Espriella, constituye uno de los pronunciamientos institucionales más sensatos, oportunos y responsables que ha hecho la Gobernación de Nariño en los últimos años.
No se trata de un gesto de cortesía protocolaria. Tampoco de una concesión política. Se trata de algo mucho más importante: poner a Nariño por encima de las diferencias ideológicas.
Ese es precisamente el mayor valor de este oficio.
En una época en la que buena parte del país continúa atrapada entre los extremos de la confrontación política, el gobernador entiende que las urnas ya hablaron y que, cualquiera haya sido la posición de cada ciudadano durante la campaña electoral, el nuevo Presidente de la República será el gobernante de todos los colombianos. Y, por esa misma razón, Nariño no puede darse el lujo de permanecer distante del Gobierno Nacional.
Hay una frase de la comunicación que resume perfectamente ese espíritu cuando afirma que «el desarrollo de Colombia se fortalece cuando las regiones participan activamente en la construcción de las prioridades nacionales.» Esa afirmación merece ser subrayada.
Porque durante décadas Nariño ha reclamado ser escuchado por Bogotá. Sería una contradicción histórica que ahora, cuando existe la posibilidad de construir un nuevo relacionamiento institucional, nosotros mismos levantáramos muros por razones exclusivamente partidistas.
La carta tiene otro acierto fundamental. El gobernador recuerda que Nariño puede aportar una visión estratégica sobre los desafíos y oportunidades del sur del país y de la frontera colombo-ecuatoriana. No es ninguna exageración.
Pocas regiones conocen mejor que Nariño los desafíos de la seguridad fronteriza, el comercio binacional, la movilidad, la infraestructura, la sustitución de economías ilícitas, el desarrollo agrícola y la integración con el Ecuador. Esa experiencia debe convertirse en una fortaleza para el nuevo Gobierno y no permanecer archivada en los escritorios de la administración departamental.
Quizá el aspecto más trascendental del documento sea la solicitud para que el nuevo Presidente tenga en cuenta el Pacto Territorial por la Vida y la Paz en Nariño.
El propio gobernador lo presenta como una hoja de ruta construida entre el Gobierno Nacional, la Gobernación, los municipios y las comunidades para orientar la transformación del departamento durante la próxima década. Ese detalle merece especial atención.
Los grandes proyectos de una región no pueden depender del color político del gobernante de turno. Las obras estratégicas deben sobrevivir a los cambios de administración, porque el desarrollo no puede comenzar de cero cada cuatro años.
Por eso resulta acertado insistir en que dicho pacto trascienda gobiernos, partidos y coyunturas electorales.
La carta también pone sobre la mesa prioridades que ningún nariñense puede discutir: fortalecer la infraestructura estratégica, mejorar la conectividad vial, digital y logística, consolidar la frontera binacional, generar empleo y cerrar las profundas brechas históricas que aún separan a Nariño del centro del país.
No son aspiraciones ideológicas. Son necesidades urgentes. Y cuando el gobernador manifiesta que la visita del Presidente electo permitirá dialogar sobre seguridad, convivencia, paz y justicia territorial, está recordando que estas materias no admiten improvisaciones ni polarizaciones. Son responsabilidades compartidas entre el Gobierno Nacional y las autoridades regionales.
Quizá el mayor mérito político de Luis Alfonso Escobar sea haber comprendido que gobernar no consiste en prolongar las campañas electorales, sino en construir puentes institucionales.
Eso exige madurez.Exige desprenderse de las banderas partidistas cuando está en juego el bienestar colectivo. Y exige reconocer que las diferencias ideológicas jamás pueden convertirse en un obstáculo para gestionar recursos, inversiones y oportunidades para el departamento.
Como nariñenses debemos respaldar esa invitación. No porque desaparezcan nuestras diferencias políticas. No porque todos pensemos igual. Sino porque existe una causa superior: Nariño.
Durante demasiado tiempo hemos permitido que la geografía, el centralismo y, muchas veces, nuestras propias divisiones políticas nos condenen al rezago. Ha llegado el momento de actuar con inteligencia institucional.
Hoy NO corresponde preguntarnos si el gobernador pertenece a un sector político o si el Presidente electo representa otro completamente distinto.
La verdadera pregunta es mucho más sencilla ¿Estamos dispuestos a dejar de pensar en los colores de los partidos para empezar a pensar en los colores de nuestra bandera departamental?
En esta oportunidad, debo reconocerlo con absoluta honestidad, el gobernador Luis Alfonso Escobar ha dado un paso en la dirección correcta.
Porque cuando se trata del futuro de Nariño, el verdadero liderazgo consiste en tender la mano y abrir caminos.
Y porque, por encima de cualquier diferencia política, el progreso de Nariño debe ser siempre la causa común de todos los nariñenses.
