Por: Alexis Fernando Jiménez
Sin contar con los subregistros, se estima que en Colombia hay más de 15.ooo loteros. No tienen garantías de nada y envejecen buscando compradores.
El ritual es el mismo. En la mañana, de camino a la oficina, el lotero. Me aborda a la entrada del edificio. “Le tengo el número de la suerte”, me dice con una amplia sonrisa y extiende los cartones de lotería. Diversos números.
“Mire qué número tan bonito, corresponde al día de hoy”, “Aquí se conjuga el día y el mes, cómprelo”, “Esta cifra salió hace 10 años, seguro repite premio. No deje ir la oportunidad”
No puedo negarlo, tiene un ingenio único para convencer. Y aunque siempre le digo que no, que gracias, que no le apuesto al azar, al mediodía que me ve, vuelve al ataque y despierta toda su artillería.
Esta semana fui yo quien lo abordó. Pronto supo que no le iba a comprar, sino a preguntarle sobre su oficio. Reacio. Comprensible. Hasta que se dejó tentar cuando le dije que no le compraba lotería, pero lo invitaba a una frijolada en “El incómodo”. Sucumbió a la invitación, aunque como su nombre lo dice, el negocio es incómodo. Toca hacer fila para sentarse. Los fríjoles son muy buenos.
Casi una hora de diálogo reposado. Me contó la verdad que oculta ese oficio. Pueden ganar entre 30 mil y 60 mil pesos diarios. Todo depende de su capacidad de seducir al comprador. Hay otros que han cultivado un buen número de compradores. Tienen asegurado el mercado. Sin embargo, no pasan del salario mínimo o un poquito más.
En el caso de don Rafael, quien casi llega a setenta años y lleva más de cuarenta años en el oficio, las mejores épocas son cuando pagan la prima. “Empleados y trabajadores tientan la suerte en esos meses”, me dijo. Eso lleva a que pueda “bandearse” como le llama a la oportunidad de tener mejores ingresos.
No tiene casa propia, pero vendiendo billetes de lotería les dio estudio a sus hijos. Su aspiración, que en algún momento se legisle a favor de los loteros o se procure brindarles mejores condiciones y no vivir del trabajo a destajo.
@CrónicasdeMacondo
